jueves, 31 de agosto de 2017

LA VIDA SECRETA DE LA POESÍA








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Estamos en 1957. Me encuentro en casa, durante las vaca­ciones de la facultad de Bellas Artes, sentado frente a mi madre en el salón. Hablamos de mi futuro. Mi madre considera que he elegido un oficio difícil. Tendré que luchar en la sombra, y puede que pasen muchos años hasta que alcance algún reconocimien­to; y ni aún entonces es seguro que pueda ganarme la vida ni mantener una familia. Mi madre piensa que sería más inteligente que me hiciera abogado o médico. Justo en ese momento le digo que, aunque acabo de empezar Bellas Artes, lo que de verdad me interesa es la poesía. “Pero entonces jamás podrás ganarte la vida”, me dice. A mi madre le preocupa que yo pueda sufrir innecesariamente. Le explico que los placeres que es capaz de proporcionar la poesía son muy superiores a los del dinero o la estabilidad. Le propongo leerle algunos de mis poemas favoritos de Wallace Stevens. Comienzo por “La idea de orden en Key West”. Al poco, sus ojos se cierran y su cabeza se vence hacia un lado. Mi madre se ha dormido en el sillón.



2

No pretendo burlarme de mi madre. Su incapacidad para respon­der como me hubiese gustado es, en realidad, la que padece casi todo el mundo. Escuchar un poema leído, igual que leerlo, no se parece a ningún otro tipo de contacto con el lenguaje. Nada nos prepara para la poesía. Mi madre era lectora de novelas y libros de no ficción en general. Creo que hablaba con comprensión y juicio acerca de lo que leía. Pero, ¿en qué se diferencia la poesía de las lecturas a las que estaba acostumbrada? Lo primero que acude a la mente es que el poema suele tener como único contex­to la voz del poeta: una voz que no se dirige a nadie en particular, y que carece del apoyo de una situación o de unas situaciones generadas por las palabras o las acciones de otros; apoyo que sí posee una obra de ficción. El poema suscita su propio sentido, no el sentido del mundo. Se inventa a sí mismo: su propia necesidad o urgencia, su tono, su mezcla de significado y sonido, están en la voz del poeta. En este aislamiento engendra su autoridad. Una novela, para resultar creíble, ha de tener aspectos en común con nuestro mundo. Sus personajes deben actuar de un modo que re­conozcamos como humano, y deben hacerlo en lugares creíbles y con objetos creíbles. Si estamos mejor preparados para leer ficción es porque la mayor parte de lo que se dice ya lo sabemos. En un poema, por el contrario, la mayor parte de lo que se dice no se sabe, o es desconocido. El mundo de las cosas o de las expe­riencias que pudieron originar el poema suele estar diluido en el trasfondo. Es como si el poema reemplazara ese mundo para establecer su propio dominio, afirmándose a sí mismo sobre el mundo, extrañamente.
Lo que se conoce de un poema es su lenguaje, es decir, las palabras que usa. Solo que en un poema estas palabras parecen distintas. Resultan raras hasta las más familiares. En un poema cada palabra es importante, su intensidad es máxima, por lo que goza de un peso que rara vez adquiere en la ficción. (Hay excep­ciones notables en las obras de Joyce, Beckett y Virginia Woolf). En una novela, las palabras se encuentran subordinadas a las grandes porciones de acción o caracterización que hacen avan­zar la trama. En un poema, las palabras son la acción. Por eso un poema se impone de inmediato -en una o dos líneas-, y por eso un lector asiduo de poesía puede discernir al momento si un poema tiene autoridad. De una novela, en cambio, sería difícil saber mucho con leer tan solo su primera frase. Por lo general le concedemos una docena de páginas, o más, para juzgar si merece nuestra atención. Y nuestra atención la capta, paradójicamen­te, cuando su lenguaje casi desaparece entre los acontecimientos que genera. Leemos con más comodidad una novela cuando su lenguaje no nos distrae. Lo que deseamos al leer una novela es avanzar. Un poema opera justo al contrario. Incita a la lentitud, nos conmina a saborear cada palabra. Es en el poema donde se hace más palpable el poder del lenguaje. Pero en una cultura que fomenta la lectura rápida, la comida rápida, los informativos de diez segundos y otras formas veloces de absorción, ¿quién quiere algo que exige ir más lento?



3

La lectura de no ficción no prepara mejor para la poesía que la lectura de ficción. Mis padres eran ambos lectores de no ficción; buscaban información no solo para instruirse, sino también para sentir que tenían control sobre un mundo en el que contaban poco. Su necesidad de certeza era proporcional a su sentimiento de duda. Si disponemos de los hechos -o los supuestos hechos-, podemos no solo proscribir la incertidumbre, sino también al­bergar la ilusión de que vivimos en un universo estático, en un mundo fijo y predecible, del que haya sido desterrado el misterio. Se explica así que la poesía no fuese algo que mis padres leye­ran con gusto. Era el enemigo. Para ellos, la poesía solo podía devolverle confusión al mundo, enturbiar con ambigüedad las certezas; constituía una amenaza para el ansia que tenían de un conocimiento que aportase seguridad. Para los lectores como mis padres, el flirteo de la poesía con la borradura, la contingencia y hasta el sinsentido es duro de tragar. Y aún más difícil es que la poesía, con sus figuras retóricas y sus ritmos, proponga un estado de suspensión verbal. La poesía es la manifestación del lenguaje en su forma más engañosa y seductora, a la vez que imprecisa, con lo que hasta parece que se burla de nuestra ansia por la simplificación y por un orden sencillo del que disponer. Y no se trata solo de que la poesía prefiera que haya una multiplicidad de significados en vez de uno dominante; es que pudiera ocurrir que nos comunicara algo que fuese más allá del “significado”, algo cuyo origen no estuviera en el poeta, sino en la tenue luz primera del lenguaje, en una suerte de estadio “anterior”. Puede que la lectura de un poema sea entonces una búsqueda de lo desconoci­do; de algo que reposa en el seno de la experiencia, pero que no se puede señalar ni describir sin que resulte reducido o alterado; de algo que sin embargo se deja contener, lo que lo hace menos terrorífico. No se trata de conocimiento, sino más bien de una ocasión para creer, una razón para asentir, una afirmación de la existencia. Resulta opaco y misterioso y, al tiempo que invita al lector, lo repele. Esto desconocido puede incomodar al lector, forzarlo a hacer cosas que atenuarán la extrañeza del poema; lo que implica por lo general inventar un contexto en que fijarlo, algo que contrarreste el carácter incorpóreo del poema. Como ya he indicado, puede que se establezca una relación con lo que originó el poema (de cuya oscura morada ha emergido). Los con­textos que elaboramos en defensa propia podrían alumbrarnos, podrían explicarnos incluso partes o rasgos del poema; pero nun­ca sustituirían su voz íntegra. Pese a su poder de encantamiento, el poema se resistirá siempre a significados que no sean parciales.




4

Quizá mi madre intuyó todo esto aquel día de 1957, y sintió que estaría más segura dentro de su propia oscuridad que en la que le brindaba Wallace Stevens. Pero no todos los poemas tienen como propósito recordamos lo oscuro o lo desconocido que late en nuestra experiencia. Algunos se proponen otra cosa: hablar de lo conocido, de las experiencias comunes que nos hacen sentir poderosamente nuestra humanidad, las experiencias que compar­timos con quienes vivieron hace cientos de años. Es tarea difícil hablar por medio de las convenciones poéticas y lingüísticas de una época determinada acerca de aquello que parece no haber cambiado. Todo poema debe hablar de algún modo por sí mismo, por su propia novedad: a partir tanto de sus ataduras a las conven­ciones del momento como de su distorsión. Debe hacemos creer que lo que leemos nos pertenece, aunque sepamos que nos está diciendo algo muy antiguo. Esta forma de engaño le permite a la poesía liberarse de los tópicos. Cuando se repiten convenciones de otra época ya empleadas hasta la saciedad, el efecto es banal: así ocurre, por ejemplo, con esos versos gastados y sentimentales que se ponen en las felicitaciones de cumpleaños. Aunque es por estas convenciones precisamente por las que reconocemos la poesía como tal. Al recurrir a viejas figuras en combinaciones nuevas, con ligeras alteraciones, al emplear la métrica, al usar esquemas de rima nuevos y renovar los patrones estróficos, ajustándolos al habla contemporánea, a su sintaxis, a sus modismos, los poemas rinden homenaje a los poemas que les preceden. Quien no está familiarizado con la poesía quizá desconozca esto, y no alcanzará a captarlo al escuchar la lectura de un poema. Esta es la vida secreta de la poesía. En todo momento rinde homenaje al pasado, prolon­gando la tradición hasta el presente. Mi madre, que no leía poesía, sin duda no era consciente de esta otra vida del poema.



5

Estamos en 1965. Mi madre ha muerto. Se ha publicado mi pri­mer libro de poemas. Mi padre, que, al igual que mi madre, no ha sido nunca lector de poesía, lo lee. Estoy emocionado. La imagen de mi padre ponderando lo que he escrito me llena de un regocijo inefable. Quiere hablarme sobre los poemas, pero le cuesta empezar. Al fin lo hace. Algunos los ha hallado confusos y le gustaría que se los aclarara. Otros le parecen completamente claros y está deseando transmitirme cuánto significan para él. Los que más le dicen son los que dan voz a su sentimiento de pérdida, tras la muerte de mi madre. Parecen expresar lo que él ya sabe pero no logra decir. Su poder es casi mágico. En pocas palabras le cuentan lo que él está sintiendo. Le ponen en con­tacto consigo mismo. Mi padre puede leer mis poemas -y he de decir que podrían haber sido los de cualquiera- y adueñarse de su pérdida, en vez de que ella se adueñe de él.
Esta capacidad que tiene la poesía de ordenar nuestra casa in­terior, de formalizar emociones difíciles de articular, es una de las razones por las que seguimos contando con ella en los momentos de crisis y en las ocasiones en que necesitamos saber, en pocas palabras, aquello por lo que pasamos. Pienso en los funerales en particular, pero lo mismo se podría decir de los cumpleaños y las bodas. Sin la poesía tendríamos únicamente silencio o banalidad: el primero, dejándonos a solas con nuestros recursos inadecua­dos para experimentar la iluminación; la segunda, abaratando con la generalización lo que desearíamos para nosotros solos, empobreciendo nuestra experiencia, convirtiendo en embarazo­so nuestro sentido de la intimidad. Si mi padre hubiera vivido más tiempo, se podría haber convertido en un lector de poesía. Había descubierto su necesidad: no solo de mi poesía, sino del lenguaje mismo de la poesía, de las formas en que construye su sentido. Y ahora que han pasado los años, cuando escribo algo bueno pienso en mi padre complacido, y pienso también que mi madre, si pudiera escuchar esos versos, despertaría de su siesta y me daría su aprobación.

(Introducción a The Best American Poetry, 1991, 
recogido en The Weather of Words, 2000).





Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Juan Carlos Postigo Ríos)





                 


martes, 29 de agosto de 2017

AVISO A LOS NAVEGANTES



























Les comunico a todos los lectores que he sido víctima de una mala maniobra de un tercero (¿o mía?) -es confuso el episodio-, motivo por el cual se han borrado del blog casi todas las fotos de los autores y de las imágenes que acompañaban los textos; así que no me queda otra opción que subirlas de nuevo en las entradas respectivas, a medida que el tiempo me lo vaya permitiendo. Por suerte los textos sobrevivieron. Como se dice vulgarmente, sepan disculpar las molestias ocasionadas. Hasta nuevo aviso,



EL ADMINISTRADOR 


lunes, 28 de agosto de 2017

ODIO LA POESÍA OBJETIVISTA




UN DÍA SIN MÉTODO

Como un adicto frágil
esperando su dosis
me adormecí
sobre una almohada
y me tapé la cabeza
con las sabanas
para ya no soñar.

Esas chicas embarazadas
que trepaban eucaliptus
jamás existieron,
eran solo un pliegue de la droga.
Lloré junto a una estufa,
apagada y sin calor,
pero puramente humana.
Si no hay nada que hacer,
mejor estarse quieto,
ir contra
la claridad esclarecida.
Saltará la comadreja un tapial de baja altura,
reptará la salamandra hasta mi mano desasida.
Los hombres de los cañaverales
¿eran ellos o nosotros?
La empresa de expresarse
a partir de la necesidad
ya no funciona más.
Gente como vos
debe acostarse
con gente como uno.
Y poder seguir así toda la vida...
Un corazón no es un candado
aunque tenga forma similar
y a veces, cerradura.



SIEMPRE VOS

Cuando te veía alejarte eras poesía,
novela si estabas cerca,
un refranero si me mandabas
un mensaje de texto,
ciencia ficción si te volvías
un monstruo del que yo huía,
la Biblia cuando te besaba.
Una biblioteca entera
llena de incunables
cuando decías te quiero.
La revista manoseada
de una peluquería
cuando no me dabas bola.
Siempre te encontraba hermosa,
en cada fiesta que íbamos
matabas con tu esplendor.
Tu risa me hacía reír.
Una sola palabra tuya era más real
que todos los libros
que acumulé en mi vida,
(aunque dijeras una pavada).
Con este poema casi termino
mi nuevo libro de poemas.
Quiero decir que te amo,
y que me tengas paciencia
pero la escritura es un mapa
claveteado con tachuelas
como las que se usan en la guerra,
para definir los sitios ocupados
o que se están por invadir
y a veces confunde todo.
Yo solo soy una isla
a la que se le puede
entrar por cualquier lado:
y sus playas para vos
son accesibles siempre.
(Además unos piratas
enterraron un tesoro
que te puedo regalar).
No hay rocas sumergidas
que destruyan el casco de tu nave.
Vení que estoy dispuesto a todo
y compartir lo que quieras.
El sonido del agua
nos dormirá un largo rato,
para que al despertar olvidemos
las cosas que ya no dan.



SUMA DE EMOCIONES

Diego cuando llegaba
a su casa al amanecer,
después de alguna
de esas fiestas extendidas
mordía una pastilla
como un montonero
ingiriendo su dosis de veneno
para no ser capturado vivo
y esperaba al sueño
pensando en cuántas chicas
habían tenido sexo con él.
Las sumaba a unas y otras,
hacía cuentas ansiosas,
y se iba durmiendo.
Jorgelina, la cocinera,
en un jardín de inmensas plantas
reclinada sobre una baranda
lo perfumó con sus entrañas.
Marcela, de pelo negro
y rizadas pestañas,
una tarde de sol en casa de sus abuelos,
mientras sacaba
el jugo de un pomelo
que le saltó en los ojos.
Marina, con sus huesos de papel,
casi dormida en la siesta,
apantallándose con un diario
personal e intransferible,
su cuerpo dorado por el sol
de tantas tardes a la vera
de una pileta de agua inmóvil.
Andrea junto a su perro que la olía,
desnuda sobre el cemento alisado
de su casa cheta, era tan liviana
que sus pasos no se oían.
Virginia, cuando él tenía 15
-tuvo que convencerla un largo enero-
después todo se dio naturalmente,
sus padres que eran psicólogos le dijeron
que el sexo a esa edad podía ser traumático.
La luz entraba al cuarto y Diego
se tapaba y proseguía sus cuentas
como otros lo hacen con ovejas
saltando una tranquera.
Consuelo, Natalia, Amparo,
Soledad, Belén, Sandra, Carolina,
Cecilia, Sonia, Samanta, Juliana,
Sofía, Esmeralda, Martina, Lucía,
Paz, Lucrecia, Agustina, Perla,
Diamante, Isa, Noemí, Patricia,
Gloria, Michelle, Ana Laura,
Mariela, Tatiana, Dolores,
Valeria, Viviana, Paola,
Paulita, Daniela, Juana,
Romina, Janina, Ivana,
Florencia, Luz, Diana, Camila,
Mica, Catalina, Amalia,
Margarita, Celeste, Ramona,
Stella Maris, qué bonita era,
(lo debe seguir siendo)
una flaquita medio dark
que iba a una escuela de música clásica
con su mochila llena de prendedores,
y un cuerpo menudo, chiquito,
juntos en una estación de tren abandonada
debajo de una estatua de la Virgen
cubierta de telas de araña.
Y proseguía la suma,
a veces se confundía
y volvía a empezar,
eran como 70, sin contar
a las mujeres con las que estuvo
de novio. “Diego, dormite”,
le decía una voz en su cerebro.
Le gustaba todo, había estado
con señoras, algunas muy mayores,
le clavaba agujas a una chica
que se copaba con el sado,
después de azotarla duro,
“Más fuerte” le pedía ella gimiendo.
Y Diego con su mano
cansada le hacía caso.
Y todo ese mundo mental
se quedaba flotando ahí en el cuarto,
desplegado en las paredes de su habitación.
A las horas, cuando se despertaba
estaba radiante, feliz, sin resaca.
Tenía por delante un nuevo día
y miles de cosas para hacer.




Francisco Garamona




Francisco Garamona nació en Buenos Aires, Argentina,  en 1976. Es librero, músico y editor. Entre sus innumerables libros de poemas, podemos citar:  El verano (Ediciones Deldiego, Buenos Aires, 2001); Pequeñas urnas (Gog y Magog, Buenos Aires, 2003); Una escuela de la mente (Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2004);Que contiene láminas (Gog y Magog, Buenos Aires, 2005); La leche vaporosa (Vox, Bahía Blanca, 2006); Un gabinete móvil y otros poemas (Ediciones Cuneta, Santiago, Chile, 2010);  Aledaños del botánico  (Jardín interior, Medellin, Colombia, 2011); Cuando se comienza: Poesía Reunida 2003-2012 (Eloísa Cartonera, 2014); Muy de amor (B y F, 2014); Un tesoro local (Ivan Rosado, Rosario, 2015) y Odio la poesía objetivista (Ivan Rosado, Rosario, 2016); libro al que pertenecen estos poemas.



   


sábado, 26 de agosto de 2017

UN ARTE INVISIBLE




El poeta camina
desnudo por la calle,
pero la gente no lo ve.

El poeta va al cine,
sale de putas,
viaja en colectivo,
siempre desnudo,
pero la gente
mira para otro lado.

El poeta no tiene modo
de llamar la atención,
porque la poesía
es un arte invisible.

La poesía se escribe
sin palabras.



 PARAFRASEANDO A FERNANDO PESSOA

Todas las cartas de amor son ridículas, escribió el poeta.
Todos los poemas de amor también son ridículos.
El amor, incluso, es una cosa ridícula.
La gente mata o muere ridículamente por amor.
¿Pero quién que haya amado hasta el ridículo
no vio abrirse a su paso las aguas del Mar Rojo?



 TE PROPONGO ACOSTARNOS...

en el cuarto de baño,
en la cocina,
frente al espejo del ropero,
en las calles con autos
y transeúntes,
al pie de las estatuas,
sobre la tumba de los dictadores,
en las salas de cines y teatros,
en las cabinas telefónicas,
en los quirófanos,
donde haya un jergón,
un camastro,
una cucheta,
en 7 y 50,
en Nueva Delhi,
bajo la luna de Arequipa,
con la fogosidad de un cíclope,
imitando el aullido de los lobos,
disfrazados de súcubo
o de sierpe,
ya sin el peso de la culpa,
de mañana, de tarde,
a medianoche,
en plena madrugada,
con el primer albor...
y esperar abrazados
el abrazo imposible de la muerte.



 GENTE DE LETRAS

Sálvame, Señor, de los poetas,
de los críticos literarios,
de los académicos de la lengua,
de los profesores de Lengua y Literatura,
de los ilustres literatos,
de los escribidores...
Y, sobre todo, de mí mismo,
sálvame, Señor.



 A DESPECHO DE LAS BUENAS COSTUMBRES

A despecho de las buenas costumbres,
“mierda” es una de nuestras voces más usadas.
Los espectadores salen furiosos del cine
porque la película resultó una “mierda”.
La esposa manda a la “mierda” al marido
y se marcha con su amante.
Y hasta los poetas, puestos a opinar,
tachan de “mierda” la poesía de sus pares.
Se dirá que los tiempos que corren carecen de lirismo.
Es cierto, ¿pero cómo hablar o escribir con palabras
que no coincidan con la realidad?




César Cantoni



 César Cantoni nació en La Plata en 1951. Su obra poética publicada incluye los siguientes libros: Confluencias, 1978; Los días habitados, 1982;  Linaje humano, 1984; La experiencia concreta, 1990; Continuidad de la noche, 1993; Cuaderno defin de siglo, 1996; Triunfo de lo real, 2001; La salud de los condenados, 2004; Diario de paso, 2008; El fin ya tuvo lugar (2012). Publicó, además, la plaqueta Irlanda, 1998, y los cuadernillos Intemperie y otros poemas, 2006, y Latencia: poesía y dictadura, 2013. Figura en antologías poéticas argentinas e hispanoamericanas. Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, catalán, griego y ruso. Administra el blog de poesía platense: (www.lospoetasnovanalcielo.blogspot.com.ar). Reside en su ciudad natal. 
Los poemas seleccionados pertenecen al libro UN ARTE INVISIBLE (Ed. Libros de la talita dorada, 2016), enviado gentilmente por su autor en libro de papel. 



jueves, 24 de agosto de 2017

LA CHICA DE ENFRENTE


























Familia tipo con perro

En la foto estamos papá, mamá, mi hermana,
el perro de la casa y yo.
Papá está serio, como siempre,
mamá está linda, como siempre,
mi hermana está asida al brazo de mamá,
el perro está absorto
y yo estoy más rígido que un soldado,
pendiente de la cámara.
Papá y mamá salieron de foco hace bastante,
mi hermana se jubiló,
al perro lo mató un tranvía
y yo, momentáneamente,
me aferro a esta foto que encontré entre otras,
plena de reminiscencias
y tan implacable como el tiempo.



Ejercicio práctico para niños en edad escolar con un corolario

Como se sabe, los minerales, los vegetales y los tejidos animales
tienen comportamientos diferentes.
Si tomamos, por ejemplo, un clavo, una papa y un trozo de carne
(no realizar con partes humanas la experiencia)
y los dejamos fuera de la heladera,
veremos que el clavo no se corrompe,
que la papa se corrompe mucho después que la carne,
que se corrompe rápidamente.
Corolario: el hombre, como se sabe, está hecho de carne;
en consecuencia, es lo más predispuesto a corromperse.



Los caminos de la vida

Buda transitó el Noble Camino,
Lao-Tsé eligió seguir el Sendero,
Cristo tomó la ruta del Calvario,
yo, menos proclive a dogmas y vía crucis,
ando y desando una calle periférica
cuya única verdad son los grafitis.  



La chica de enfrente

Es de noche y hace un calor insoportable.
Asomado a la puerta de mi casa,
escucho la Sonata para piano nº 1 en do mayor,
de Wolfgang Amadeus Mozart,
mientras la chica de enfrente
sale casi desnuda a la vereda
y pierdo el sentido de la música.




(de Un arte invisible,
Ed. Libros de la talita dorada,
2016, enviado por su autor)



César Cantoni   (La Plata, Argentina, 1951)




IMAGEN: Celeste Calo.